Recordar es la función de su cerebro que más aprecia. No, obviamente, el recuerdo de datos e información concreta, sino como buena nostálgica, el recuerdo de acontecimientos pasados o recientes que han significado algo o nada en especial pero que son dignos de algún tipo de admiración hedonista. Eso y la capacidad imaginativa que afortunadamente siempre ha tenido y disfrutado. Sin embargo repasando acontecimientos recientes, hoy ha caído en algo curioso y al final decepcionante. La memoria engaña, construye. Sus dos capacidades cerebrales favoritas se fusionan demasiado a menudo, de manera casi inevitable, y cuando lo hacen le dejan a uno un regusto totalmente amargo. Son sabores que no casan, que no se llevan bien. Nunca se le ocurriría poner ositos de gominola en el gazpacho. Puag. Sí, puag, porque se ha dado cuenta de que fue un momento genial, especial, pero la realidad no lo fue tanto como ella lo recuerda y no puede evitar que eso, en sí, sea un desprestigio. Es vivir un artificio, un engaño. Parece una tontería pero duele: los recuerdos bonitos, como las películas, son toda una mentira.
Despreciaba a esos ancianos que, borradas ya las huellas visibles de lo que fueron, se dedicaban a la agotadora tarea de reinventarse. Despreciaba profundamente las mentiras y la memoria eufórica. No se sentía capaz de seguir ese camino. Si a caso al contrario, cuando hablaba de sí misma, cosa que no sucedía a menudo, Molly se recordaba siempre con deliberada malicia. Era la forma que tenía de negar una derrota que no consideraba especialmente espectacular ni apasionante, una derrota que la aburría soberanamente, una derrota que no era a la postre, tan distinta de la de cualquiera. “Primero se vive y después se muere – pensaba Molly-. Y eso es todo.”
Ray Loriga. El hombre que inventó Manhattan.

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