domingo, 21 de junio de 2009

Dolce far niente

domingo, 21 de junio de 2009
Detener el tiempo es imposible, lo sabía; pero para ella estaba totalmente pausado. Hacía calor, ese calor veraniego que te quita las ganas de hacer nada, era domingo, la hora del aperitivo y el sol dando guerra en lo más alto del cielo. Era, en definitiva, el mejor momento para abandonarse al ensueño, a la inconsciencia. La mirada perdida en el infinito y el resto de sentidos más atentos. Incluso sin poder concentrarse en el arrullo del mar, el silbido del viento o los cuchicheos de los turistas en la playa, se estaba a gusto tirado en el sofá de casa sintiendo la suavidad de la tela en contacto con la piel desnuda, respirando el olor del ambientador y escuchando los diversos ruidos de la ciudad que venían de visita por las ventanas para bailar con la cadencia monótona de las aspas del ventilador. Podría pasar así horas y no sentirse culpable, no hoy. No era aburrimiento lo que le consumía el cuerpo, era pura pereza. Un sentimiento ambiguo, ganas de ser pero no de estar. Lo que pasara más allá de su nariz, de aquellas cuatro paredes hoy no le preocupaba. De hecho tenía planes, de los buenos además, para ese día y había decidido posponerlos. Echó en falta sólo dos cosas: tenía que haberse acordado de darle al “repeat” del reproductor para no tener que levantarse ahora a reponer la música, aquello rompería la magia; y no tener a alguien al lado con el que disfrutar de aquel no hacer nada. Vaguear entre besos y caricias siempre lo hacía más dulce.

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