¿Quién puso distancia primero? Es una respuesta que se perdió en el tiempo, que se tragó la distancia misma probablemente.
En mi interior, sin embargo, sigo pensando que fui yo. Y estoy casi segura de que vosotros estaréis de acuerdo: yo me fui. El porqué no sabría explicarlo. No nos peleamos, no tuvimos problemas, simplemente éramos como el agua y el aceite, supongo. Yo no sabía cómo decir adiós, vosotros erais demasiado buenos para darme la patada. Sin embargo, sé que cuando vuelvo me mirais con recelo. La apestada. No me perdonáis que cogiese carretera y manta aún cuando sabíamos que juntos no íbamos a ningún sitio. Con vosotros el sentimiento de pertenencia era forzado, y eso era algo bilateral. Lo valioso que quedaba allí se sigue manteniendo. Incluso los que menos lejos nos quedamos seguimos en contacto. Pero las historias de la infancia son juegos de niños y viven marcados por la inmadurez, la inocente irracionalidad.
De ahí que aunque no me atreva a llamarte, escribirte, facebookearte, etc – quedaría forzado, insípido e incómodo, reconozcámoslo- no pueda evitar acordarme de ti durante todo el día. De ahí también que probablemente en algún momento de estas 24 horas también caigas en que no te ha llegado mi mensaje y una punzadita de nostalgia piense que soy un ser desleal e ingrato, aunque ese sea el único momento que me dediques en tu año.
Ya no pertenecemos los unos a los otros, volvemos a ser extraños, y sin poder evitarlo estamos conectados. Dime con quién andas y te diré quién eres.
Lo que hacen un puñado de recuerdos...


