- Llevas mucho sin venir por aquí, ¿no?
- Sí, es cierto.
El “ouch” mejor se lo guardó para sí misma. Cada vez que salía de aquella consulta deseaba olvidar con todas sus fuerzas al licenciado en medicina – hace falta mucho más para ser calificado de “médico”, o al menos esa es una de sus aseveraciones de domingo – que le había atendido y cada vez que tenía que volver se acordaba demasiado tarde de las razones por las que desearía recordar más a menudo lo poco que le aguantaba. La primera vez que fue recuerda que se debió a sus graciosos apellidos (se abstiene de pensarlos en voz alta porque el espíritu último de este post no es boicotear al pobre hombre, se trata de un desahogo personal); eran peculiares y graciosos al mismo tiempo. Bueno y también influyó que quedaba relativamente cerca de casa, claro.
No obstante, nada de la simpatía que el n(h)ombre desprendía escrito en el listín médico de Asisa le llegó en el momento de encontrarse cara a cara. No sonreía, no le miraba directamente, mantenía las distancias muy largas – no sólo las físicas, que de acortar esas no era precisamente ella muy fan…-, sus preguntas eran directas y cuasi impersonales…Esta vez era la garganta, otras había sido el oído y alguna vez la nariz pero sus exploraciones y preguntas eran siempre tan escuetas que ella se sentía ignorada. Vaaaale, puede que sea ella también una paciente un poco peculiar, un tanto pseudo-hipocondríaca, pero aún con todo, los médicos son como las madres, tienen que aceptarte como eres y aquel definitivamente no sabía cómo hacerlo.
Los médicos son (no “un”) El repuesto para cuándo el saber de una madre no llega tan lejos como su cariño o preocupación. La sopita casera, los mimos y la constante atención ayudan (y se echan de menos), pero definitivamente no son el tratamiento. Para eso se necesita al médico, sus 8 años de carrera a sus espaldas y la experiencia que esa calva brillante y sudada por los calores de junio deja adivinar. Pero no, mi médico no sabe lo que es la empatía. A lo mejor no debiera ser tan dura, porque no es culpa suya haber nacido sin ella o quizás fueron precisamente los 300 pacientes anteriores que aceleraron su alopecia quienes se llevaron enredada en su coleta no sólo su pelo, sino también su vocación.
Sea como fuere, ella no le aguantaba y no lo aguantaba. No descarta que el malestar le ponga especialmente quejica o quizás no poder verborrear hasta por los codos como le encanta le desquicia, pero salir de allí con una firma y la sensación de ser un petate gris con amígdalas gordas que debe empastillarse cuatro días no le consolaba. Puede que el médico ideal fuese otra más de sus utopías, de esas que acaba encontrando muertas, pero como siempre no podía perder la esperanza: Tengo que olvidarme de este y seguir buscando. El problema es que empezaba a quedarse sin médicos que tachar en la lista…
Si hace falta, acabaré en Coslada.

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