No supe que había sido criada por un alienígena hasta los 20 años. Dos decenios de ignorancia, casi un cuarto de siglo creyendo vivir en la más absoluta normalidad. Y aún así chirriaban las cosas. Aún así me preguntaba a mí misma por qué la normalidad no terminaba de cuadrarme. Ahora sé que no era yo la extraña, sino esa supuesta normalidad. Ella marchó antes. Yo pensé que era la abducida y, de nuevo, con el paso de los años la verdad salió a relucir.
La verdad está ahí fuera. Cuanta razón tenía Mulder. Yo tardé en encontrarla, pero llegó. Eso es lo bueno. ¿O no? Por fín volvimos al planeta, nos reencontramos con ella, a esta querida Tierra de la que tú nos habías arrastrado, de la que siempre me encontré a mitad de camino. Hubo años, no sé si decir “demasiados” (¿demasiados en relación con qué?) en los que estuve flotando a la deriva en el espacio. Ingrávida. Como una Luna (¿o un poco lunática?), sin saber muy bien dónde encontrarme. Atada por tu gravedad, pero mirándola a ella y sin querer dejarla.
Hoy puedo decir que me he salido de tu órbita, que quiero olvidar tus experimentos. Porque a eso pareces haberte dedicado toda esta vida, a jugar con nosotros. Con nuestros seres humanos. Nos sometes a tus miradas láser, a tus ultrasonidos, susurros que van de un oído a otro sin que el de al lado se percate. Nos pones frente a frente bajo influjo de pócimas galácticas. Nos lanzas al espacio aislados en trajes de neopreno plateado. Juegas a observar qué reacciones provocas y, al final, nos vuelves a acunar sobre camillas metálicas con sondas enchufadas directas al corazón que nos mantienen amarrados a tu vera.
Parece ser el órgano humano que más llama tu atención, que más curiosidad te despierta. Lo miras latir con tus ojos atentos y asombrados. Cada vez que se contrae para ti es como vivir un milagro. Nos abrazas con tal de sentirlo. A veces me pregunto qué le pasó al tuyo. Creo que alguna vez conseguimos escabullirnos y verlo, en tu horas de hibernación, bombear bajo tus escamas marcianas. Siempre me pareció tener un aspecto indescriptible, hoy he encontrado la palabra que lo describe: cauterizado.
Debiste quemarlo al cruzar el espacio. En alguno de tus viajes intergalácticos. O quizás, es un defecto de tu raza. Todos nacéis con el corazón quemado. Me inclino a pensar que es más cosa de los años. De esas escafandras que llevas. De esos metales extraños. Tanta capa, tanta medalla...la fricción sobre la piel no puede ser buena. Tus escamas raritas parecen sensibles. Eso sí. Y no las cuidas como deberías. Estoy convencida que es cosa de no saber. Por eso nos estudias a nosotros. Aprendizaje. Tus habilidades emocionales son como tú, de otro planeta. No funcionan al menos para nosotros los humanos. Y hoy, desde este bosque oscuro y sombrío donde me has dejado me doy cuenta de todo esto.
20 años y no han servido de nada. Soy, uno más en tu lista, otro experimento frustrado. Defectuoso. Inválido. Te distancias en el firmamento sin mirar si quiera hacia atrás y me abandonas en un olvido que siento que no merezco. Pero, claro, ya no soy digna de más atención. No respondo a tus cálculos. No hago que avances en tu teatro creador (y manipulador) de vida.

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