Perdida.
Se supo perdida.
Apenas había probado un poco de aquello y ya sabía, en su fuero interno, en lo más profundo y casi sin quererlo que pediría, rogaría, se rebajaría por conseguir más. Más y mejor. Más y en mayores cantidades. Más y con ansia. Aquello no dejaba cabida a la paciencia, al sosiego o al sentido común.Aquello exigía dejarse llevar, perder la razón y entregarse ciega y por completo al imperio de los sentidos.
Nada de pensar, calcular, calibrar. Quería fundirse, mezclarse...empaparse.
Esa era la palabra. Empaparse...no imaginaba una mejor descripción. Absorber por cada uno de sus cientos y minúsculos poros la esencia de todas las situaciones imaginables. Revolcarse en aquel fango, impregnarse, tatuarse a fuego. No quería dejar una miga. Necesitaba devorar, roer, llenarse las fauces. Desgarrar algo. A sí misma, quién sabe. Pero una especie de desesperación, traducida en temblores convulsos, le recorría el cuerpo. Estaba vendida, y se había entregado tan fácil, tan rápido. Tan barato.
No podía explicarlo. No había explicación, o de haberla no la hemos encontrado (aún). Quizás era el hecho de entregarse, de darlo todo, lo que le llamaba. Que alguien la venerase, la necesitase, la exprimiera. Ni si quiera exigía respeto -cosa que habría sido más cabal-, sólo necesidad. Sentirse necesitada y exigida. Sentirse básica y fundamental.
No le importaba convertirse en juguete, siempre y cuándo consiguiese ser el juguete más machacado. Ese que el niño acaba reemplazando sólo cuándo el nivel de uso ha terminado con él, lo ha ajado y vejado hasta las últimas consecuencias. No ansiaba ser sustituida, detestaba ese punto y obviaba al máximo esa idea, pero aún sin querer enfrentarlo era un principio clave: sólo el juguete que más se ha usado, que más ha sido quemado, ha sido también el más apreciado, el importante. Insustituible. Muerto por desgaste. Tan sólo desterrado cuándo se ha deshecho por sí mismo en fragmentos irrecuperables. Hasta que ya no ha dado más de sí.
Ella quería llegar a ser el juguete muerto. Ganarse el cielo. Vivir el intenso proceso de la excelencia y así acabar subiendo a los altares del Olimpo del recuerdo, de su recuerdo. El final tiene que llegar, siempre, pero como sea la estela que dejas depende del proceso. Cuánto más intensas las experiencias, más honda la marca. Ella estaba dispuesta a todo para dejar su huella. Para desgarrarle por dentro. Cambiarse por cicatrices. Se ofrecía a una empresa que sabía kamikaze. Y estaba asustada, aterrorizada, sin aliento.
Y tú, sólo tú eres el único culpable,
el cielo presagia una auténtica debacle.
Y ven, mi amor, ven, acompáñame al desastre,
y ten, mi amor, ten, éste es el premio que ganaste,
y crack, mi amor, crack, vas a dejar de quejarte,
y crees que puedes decidir irte o quedarte,
y plas, miss, plas, plas, a puta no te gana nadie.
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lunes, 28 de septiembre de 2009
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1 comentarios:
Aceptaremos a Nacho Vegas como animal de compañía. Sin que sirva de precedente ;)
Dejarse llevar y entregarse. Entregarse y dejarse llevar. Así empiezan las historias más complejas. Y las más apasionantes.
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