Escozor de frustraciones.
Llegado un límite arrojó la caja contra la pared, con todas sus fuerzas, deshaciéndola en esquirlas de plástico. Mirando sus brazos fofos y poco ejercitados nadie la habría creído capaz de aquella fuerza. A menudo no conseguía ni cargar las bolsas de la compra. Blasfemó a grito vivo, dejándose la garganta en palabras de esas que su padre siempre decía no usa una señorita y arremetiendo contra los inútiles montículos de puntiagudos clavos con toda su impotencia. Tratando de hacerlos encajar por la fuerza se arañó inconscientemente manos y brazos. Los brillos rojizos brotaban levemente de las hinchadas marcas. Su respiración cada vez más acelerada, entrecortada, aspiraba todas las sensaciones.
Como un relámpago salió a por una nueva caja dejando sonar el portazo como el trueno que suena en la tormenta antes de que la próxima luz parta el cielo. En la ferretería estaban haciendo su agosto con ella.
¿Cuánto tardaría en darse cuenta de que lo que a ella le faltaba era un tornillo y no un clavo?

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