sábado, 26 de septiembre de 2009

Divagaciones sacadas de un cajón

sábado, 26 de septiembre de 2009

¿Cómo puede un sueño dejar este mal cuerpo? A lo mejor no es cosa del sueño, sino del mal cuerpo. Primero vino el mal cuerpo y necesitaba de los sueños para convertir en imágenes las sensaciones. Como cuando nos agobiamos de tal manera que sólo buscamos salir a la ventana y gritar: ¡ Qué os jodan! Mandar el mundo a la mierda. Quizás mi mal cuerpo también necesitaba mandar el mundo a la mierda.

Pero si ahora todo va bien, ¿de dónde sale el mal cuerpo? ¿De donde la preocupación? Creo que lo inventa la necesidad o la prudencia. Intenta salvarse de la catástrofe antes de que ocurra. Cuando uno sube, siente que vuela y todo son sonrisas, después inevitablemente viene la caída. Fin del show. Nos acercamos tanto al Sol que acabamos quemándonos. Mi mal cuerpo ha decidido adelantarse. Se cree más listo que nadie y dice - ¡Ja, a mí no me la pegas!- y antes de que un mínimo rayo de sol le toque ya está él mechero en mano. No puede evitarlo. Imagino que ninguno de nosotros puede. La felicidad al final es lo más doloroso. Y es tan breve. Porque...Es breve, ¿no? ¿O nosotros la hacemos breve?

Puede que la culpa acabe siendo nuestra y de esa manía de autoboicotearnos que acaba con todo. Al y al cabo, si no nos pegáramos la hostia no podríamos volver a levantarnos y vivir ese sensacional clímax del que sabe que todo acaba de terminar y de empezar y que ya lo que queda por delante, al menos por un tiempo (qué más da si corto o largo), será bueno. Aún falta para tener que pre-ocuparse. Aunque luego están esas hostias que vienen de fuera. Inesperadas e incontrolables. ¿No son esas experiencias las que nos hacen actuar como lo hacemos, estar expectantes de que la mala racha vuelva a sacudirnos?

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