Masoquismo emocional.
Muy probablemente. Pero sobrevivir al realismo no era fácil. La enfermedad avanzaba rápido. Se extendía por su organismo devorando cualquier célula o músculo sano. Sin aquella terapia de choque quién sabe hasta cuándo habría podido aguantar. Es cierto que se estaba desgastando, que las ojeras y las noches de insomnio ya no se las quitaba nadie, pero había que prepararse para lo peor: la esperanza. Los médicos no le daban importancia pero ella presentía que sería fatal. Si volvía sería el peor síntoma de todos. No sabían si su corazón resistiría a otra crisis. Las válvulas estaban tocadas desde el último infarto de miocardio sentimental. Podía verse en las radiografías.

Apartó las finas hojas de la luz y suspiró. La ilusión y la confianza también habían mermado, pero lo que más le dolía era el optimismo. Apenas podía apreciarse “-ismo”. Estaba casi consumido. Sí, aquella sería agresiva, pero era sin duda la mejor terapia para el desencanto se repitió bajito, para que nadie la oyera pero a ella le quedara claro.

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