Al llegar a casa esta idea aún bullía en mi cerebro. Les oía desde el cuarto. Ella contenta recolocando las prendas meticulosamente en un montón de bateas que asoman debajo de la cama. Él contento de rebote. Ajeno a las bolsas desperdigadas por el cuarto. Tan sólo obcecado en la sonrisa de ella, en que no se borre. Si abres cada uno de los armarios de aquella casa verás prendas, pero casi todas de las mismas dos personas. Me paré a pensarlo, una casa tan grande, había que llenarla y si no son las personas las que llenan el espacio, tendrán que ser las prendas. Me pregunté en aquel momento si él, a falta de saber arreglar sus agujeros emocionales, no los estaría taponando con monedas.

3 comentarios:
Me encantas. Cada día más
Por lo menos lo tapa. Aunque sea con monedas. Muchos (muchas) lo tapamos de sábanas y horas y horas de contacto físico y sudoroso...
:-)
BU! En realidad, después de tanto tiempo escondida, me entraron las ganas de dejar de ser una fugitiva.
Te pillé! :)
Publicar un comentario