
Vivo en realidades paralelas inconexas e interconectadas. Tan contradictorias como la línea que las describe. Navego en mares mecidos por la bipolaridad y lo ambiguo. Mudo de piel como un insecto, como un bichito, como una serpiente. No tengo veneno, no tengo maldad. Más inofensiva que una falsa coral.
Interpreto ficciones. No soy capaz de alcanzar el grado de honestidad necesario. Vivo cómoda a caballo entre el todo y la nada, tomando de aquí y de allá lo que ni aquí ni allá terminan de darme. Yo no he elegido esta situación, me he visto forzada a ella. O eso quiero creer, o eso me hago creer. Bebo de autoengaños y placebos, construyendo con la mente los huecos que la realidad se deja. Los relleno de expectativas y esperanzas, de humo de colores. De lógicas ilógicas.
Y así pasan los días y así sigo sin rumbo. Disfrutando de la felicidad de este estado inconcluyente, de este deambular hacia ninguna parte. La belleza de la indeterminación. La ausencia de nombres y sentencias. El placer de la inopia. Como si los días no pasaran, como si los demás no existieran, como si las distancias no fuesen reales. Como si el mundo no siguiera hacia delante, como si no hubiese pasado o futuro. Si te descuidas, como si ni siquiera considerase el presente. Al menos, no como algo vivo, como algo en movimiento. Me he encerrado en una bola de nieve. Mejor dicho, te he encerrado y de vez en cuando voy de visita. Yo sigo aquí, en mi cuarto vacío, observando todas las pequeñas bolitas que adornan mi estantería, que integran mi colección.
La gran observadora, esa soy yo. La que cuando se anima a dejarse caer por esos mundos parcelados tan sólo lo hace enseñando ligeramente la patita. La que en todo caso mete la cabeza, nunca el corazón. La que, agorafóbica, no se atreve a salir al mundo y gritarle cuatro cosas.

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